lunes, 27 de junio de 2016

Club del Pentagrama: Las Máscaras XVI

Hoy un poco más tarde de lo normal debido a la resaca electoral y a ciertos compromisos adquiridos que me han impedido escribir estas líneas, pero es hora de que deje constancia de lo que dio de sí la última sesión del Club del Pentagrama en su trasiego por la gran campaña Las Máscaras de Nyarlahotep.


ATENCIÓN: Contiene spoilers, si vas a jugar, no sigas leyendo pues podrías estropear tu diversión.



En las cascadas del Dingo, los investigadores se encontraron con un fantasma que señalaba directamente a una familia como los responsables de su estado actual. Impelidos a hacer justicia, el grupo decidió no ponerlo en manos de las autoridades sino ser ellos mismos quienes llevaran a cabo lo que había que hacer. A tal fin, se acercaron a la choza de la familia, que se encontraban a escasos dos kilómetros de donde se encontraban y, tras un día vigilando los movimientos de la familia, avanzaron y tomaron el lugar. No fue demasiado difícil dado que sólo había tres personas en el lugar, una de ellas un chico con algo de retraso mental, aunque uno de los incursores recibió un balazo que lo dejó fuera de juego una semana.

Una vez resuelto este cabo suelto, regresaron a su misión original de buscar las ruinas en el desierto. Su expedición, conformada por ellos mismos y el doctor Dodge, avanzó hacia la ruta de ganado de Canning, donde había una serie de pozos que permitían reponer con facilidad la reserva de agua. Dodge mantuvo el rumbo de la expedición sin problemas, dirigiendo al grupo en dirección a las coordenadas que eran su referencia. Sin embargo, tomaron una bifurcación que les llevó hasta lo que parecía un campamento minero abandonado. Allí descubrieron rastros de que estaba abandonado desde hace tiempo, todo salvo una única tienda que había sido remendada y donde había algunos objetos que indicaba que todavía estaba en uso. Pero lo que más llamó la atención de todos fue una extraña huella que el investigador van Himmel identificó como perteneciente a un extraño ser llamado pólipo volante, un ente que no era de este mundo.


También descubrieron a un extraño individuo acompañado de un grupo de extraños dingos que les contó las últimas horas del grupo que había trabajado en aquella explotación minera y sobre el extraño americano que había patrocinado aquello, un hombre cuya descripción coincidía con uno de los supuestos miembros muertos de la expedición Carlyle, Robert Huston.

Sin embargo a partir de aquí comenzarían las dificultades. Cuando atravesaban un cañón, unas piedras cayeron desde uno de los terraplenes y a punto estuvieron de impactar contra uno de los camiones. Después, un grupo de aborígenes atacó al grupo, pero fueron rechazados a fuego y balas... y a punto estuvieron de morir todos cuando varios salieron en persecución de los dos asaltantes que intentaban escapar para que no dieran aviso a su jefe, pero desgraciadamente uno de ellos, más afortunado que los demás, consiguió poner pies en polvorosa tras una trepidante persecución.

Dando por hecho que estarían advertidos, los investigadores se acercaron con cuidado al lugar señalado por las coordenadas. En la entrada, liquidaron a un grupo de sectarios que vigilaban el descenso al subsuelo y descendieron por las escaleras hacia lo desconocido. Cuando llegaron abajo, pudieron encontrar una ciclópea ciudad desconocida, cuyos enormes edificios, la mayoría en las tinieblas o la penumbra, parecían extenderse en todas direcciones hacia el infinito. Sólo un camino marcado por el cable procedente del generador al pie de la escalera marcaba un tímido haz de luz que iluminaba el camino utilizado por los moradores de aquel lugar. Más allá solo había incógnitas.

CONTINUARÁ

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