lunes, 28 de abril de 2014

Club del Pentagrama: Las Máscaras (XIV)

Con gran placer vuelvo a abrir un lunes con una nueva reseña de nuestra partida a Las Máscaras de Nyarlathotep. Creo que todos los jugadores, tras el enorme lapso de tiempo transcurrido entre la anterior sesión y ésta, estábamos deseando averiguar qué se escondía en la montaña del Viento Negro y si saldríamos con bien de esa experiencia. Pues a continuación saldremos de dudas.



La nueva sesión trae consigo la llegada de un nuevo personaje, un cazador que se encontraba en la zona investigando los extraños casos de los elefantes muertos. Asegura conocer bien la zona y servir de guía incluso mejor que Sam Mariga. El viaje se reanuda con Chris, el cazador, como guía principal. Tras avanzar por el paso de Neri Nanyuky, que separa el monte Kenya de la cordillera, el grupo llega al límite de las tierras corrompidas, donde decide plantar el campamento para, al día siguiente, llegar hasta la montaña que ya se adivina no debe estar lejos.

Con esto se inicia el 90º día de marcha. Cerca de donde está el grupo hay un bosquecillo de una extraña tonalidad verde claro. El cazador se adelanta para investigar en solitario y ver si hay alguna amenaza o el camino está libre cuando es tomado por sorpresa y atacado por un grupo de indígenas armados con azagayas. Aunque son abatidos por las armas de fuego que porta el grupo, dos miembros de éste han resultado heridos. Una vez las heridas han sido vendadas, el grupo vuelve a avanzar hacia el bosquecillo, que es el único lugar por el que se puede seguir en dirección a su objetivo. Esta vez hay más suerte y el cazador anuncia la ausencia de problemas por lo que todos traspasan el umbral vegetal y se abren paso al otro lado para toparse al fin ante su objetivo: la montaña del Viento Negro.

Tras una revisión inicial, descubren un sendero estrecho y empinado que lleva hasta una cueva parcialmente oculta que debe dar acceso a las entrañas de este volcán inactivo. En el sendero no encuentran problemas y acceden al interior. Lo primero que llama la atención es una gran estatua de más de cuatro metros cuya efigie los que estuvieron en Londres recuerdan como la figura de uno de los cuadros, aquel ser enorme e imposible. Tras la estatua se abre una entrada a una gran sala en forma de "U" de la que emana un olor pútrido. El olor procede de los miles de cadáveres en diferentes estados de descomposición presentes en montones por todas partes. Al fondo hay un trono en un estrado y a la derecha una serie de jaulas colgadas con gente famélica, posiblemente las personas del pueblo en el que se encuentran la doctora y la periodista, aquéllos que desaparecieron misteriosamente. En el trono sólo encuentran lo que parece ser un cronómetro de barco que está tres horas atrasado respecto a la hora actual y tres marcas irregulares en la parte posterior del sitial. Al manipular el sitio, uno de los investigadores descubre un compartimento oculto con un mecanismo que hace abrirse un acceso a una rampa que asciende a las alturas de la montaña. Mientras tanto, otros investigadores encuentran la llave de las celdas tirada entre los restos de la sala y las víctimas, pues no puede tratarse de otra cosa, son liberadas de su cautiverio y conminadas a marcharse de allí lo más silenciosamente posible.

Después de ascender más de kilómetro y medio en espiral, con altibajos en los que incluso hay que trepar, descubren lo que es el acceso a un gran templo de estructura irregular, con proyecciones tentaculares sin sentido aparente. La roca es negra, más que la vista hasta ahora. El techo está cubierto de hongos y está soportado por seis columnas que recuerdan a tentáculos y que a algunos investigadores les da la impresión de que se mueven, lentamente, como si estuvieran dotados de algún tipo de vida. Algunos tienen grilletes. Las imágenes y símbolos presentes en esta sala no recuerdan a cultura alguna conocida y hay tres pozos en el suelo, de 3x3x3 metros en los que hay serpientes, ratas y hormigas gigantes respectivamente, todos estos seres parecen estar deseando que les sirvan su próxima comida. También hay cerca huesos y restos de cadáveres y una escalinata redondeada que sube a una plataforma de la que procede un murmullo que recuerda al soniquete de una niña inglesa de colegio.


Con precaución dos investigadores suben a ver de qué se trata y, al descorrer la cortina, descubren algo horrendo. Una mujer está tumbada sobre un pedestal, su rostro completamente desfigurado pero aun así todavía recordando vagamente a Hypatia Masters canturrea con voz infantil  con algo parecido a labios y en su abdomen una protuberancia como si estuviera embarazada pero cuya piel se ha convertido en una membrana y en cuyo interior se vislumbran dos ojos rojos...

Ante tamaña aberración, Chris sufre un ataque de locura, incapaz de entender que aquello pueda ser tan real como de hecho es, y cae desvanecido al suelo. Es Heinrich quien hace de tripas corazón, amartilla su rifle y descarga todo el cargador en aquella entidad oscura. Después de eso, coge todo el aceite que no fuera imprescindible de las linternas sordas, lo echa sobre los restos y prende fuego. 

Y con esto el grupo se marchó rápidamente de allí y se reunió con los aborígenes, quienes les dijeron que más les valdría irse rápidamente de Kenia. No era necesaria tal advertencia, no había que ser muy listo para saber que aquel cuyos planes habían sido frustrados no tardaría mucho en tomar cartas en el asunto y esta vez no se limitaría a una advertencia...

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