lunes, 26 de agosto de 2013

Club del Pentagrama: Las Máscaras (X)

Jornada en la que por fin el verano da un respiro, ya era hora, y además pudimos jugar al aire libre para variar. Igualmente, coincidiendo con la décima partida que es un número emblemático dentro de las fechas por eso del cambio de decenas, fue una sesión bastante fuera de lo normal por los hechos que se sucedieron. 


Os recuerdo que hay spoilers...


Tras una madrugada de sobresaltos por la llegada de la mitad del grupo de investigadores que estaba apostado en la mezquita Ibn-Tulun, el conocimiento de la pérdida de dos miembros del grupo a manos de aquella monstruosidad imposible y la presencia constante de los gatos en todas partes, se veía venir una mañana de decisiones. La más obvia fue enviar al nuevo contacto egipcio del grupo a buscar a alguien más de confianza que pudiera reforzar al menguado grupo. La segunda, ir a buscar al holandés para saber más sobre aquellos pergaminos sobre la diosa de los gatos y por qué estos animales parecían estar siguiendo al grupo en manadas cada vez más numerosas y hostiles. 

Al llegar al callejón de las Polillas, una mujer exuberante estaba reunida con el desventurado arqueólogo holandés, pero poco se pudo saber de ella, pues se alejó y el personaje que la seguía no pudo hacer lo propio saltando a través de los tejados por motivos de seguridad e integridad física. El arqueólogo, que seguía en la misma desoladora situación que cuando los investigadores hablaron con él por primera vez, acabó por pedir protección al grupo a cambio de terminar de traducir los papiros originales, cuyo origen no quiso desvelar por lo ser relevante pero sí peligroso, puesto que su incursión había sido de todo menos legal para conseguirlos. Al parecer, la mujer que vino a verle quería esos papiros también, pero se negó a dárselos. Tras acceder a regañadientes a su demanda, el arqueólogo acabó convirtiéndose sin premeditación en el segundo fichaje del día del grupo, fue trasladado a un nuevo hotel y recluido en su habitación por seguridad.

Mientras, la otra parte del grupo estaba reuniendo las cosas y despistando a un grupo de personajes de dudosa ralea que estaban vigilando el hotel en el que se encontraban y a los que lograron despistar tras varias maniobras de conducción a través de las abarrotadas calles de la ciudad. Una vez todos reunidos, bajo la omnipresente mirada felina, la misma mujer que antes visitara a Vanheuvelen, Neris, visita al grupo para solicitar que se le restituyan los pergaminos o en caso contrario está dispuesta a desatar una maldición mortal sobre todos ellos al día siguiente. Cansados ya de tantos enemigos a sus espaldas y tal vez con la posibilidad de obtener información sobre los seguidores del Faraón Negro, los investigadores acaban por entregar todo el material sobre los papiros de Bastet a la mujer tras conseguir convencer finalmente al holandés. Con esto, el grupo pudo librarse de la presencia de los felinos, no tanto peligrosa porque pudieran hacer mucho daño como porque al ser algo poco común delataba su presencia allá donde fueran, y no obtuvieron más información de la que ya tenían.

Recapitulando sobre lo ya visto anteriormente, tan solo quedaban por hacer dos cosas: conseguir la otra parte del símbolo de protección y visitar las pirámides. Como en ambos casos era necesario viajar al mismo lugar, una parte del grupo quedó en el hotel guardando el cinturón de Nitocris y la otra contrató un guía y se dirigió a Dahshur con el fin de investigar la pirámide roja. Dahshur es una población situada a unos 40 km. de El Cairo, en cuya necrópolis occidental se encuentran la pirámide roja y la pirámide acodada de Snefrw, objetivo de la visita.


La pirámide roja no parece tener nada de relevancia para la investigación. El grupo no llega a entrar y en los restos en torno al edificio y su recubrimiento, famoso por ser de tonos rosados y rojizos lo cual le hizo ganarse su nombre, tampoco queda nada del símbolo cuyo trozo poseen. Para aprovechar el viaje de dos días hasta llegar a las pirámides deciden visitar la pirámide torcida.

Esta pirámide sí tiene dos entradas, una orientada al norte y otra al oeste, una de ellas vigilada y la otra tan solo parcialmente cubierta por una empalizada con algunas tablas sueltas que se pueden retirar para acceder al interior. El pasillo situado tras la barricada es liso y casi sin adornos, largo y que se introduce en el corazón del edificio en línea recta hasta llegar a una cámara. El lugar está vacío, tan solo dos extrañas columnas de alabastro parecen fuera de lugar en esta falsa cámara funeraria, que es como la define uno de los arqueólogos del grupo. Sin embargo la clave está en las columnas, una de ellas parece tener un acceso oculto a una escalera que asciende hacia una cámara superior. La cámara está jalonada por dos hileras de columnas de metro ochenta con una especie de pebeteros en la parte superior, donde hay unos extraños minerales, aparentemente inflamables cuando se exponen a una fuente de calor. Al fondo, un pedestal soporta un trono de obsidiana negra con piedras preciosas. Varios murales alrededor de la habitación parecen hacer referencia a alineaciones cósmicas y otros eventos desconocidos que ni tan siquiera el egiptólogo holandés pudo descifrar en los jeroglíficos. Antes de marcharse, el grupo decidió encender los pebeteros... lo cual no trajo precisamente buenas consecuencias.


Una figura se materializó frente al trono, ataviada con los símbolos de la realeza egipcia, una figura humana pero que poco tenía de humano en su mirada y en su presencia en sí, casi como si no perteneciera a este mundo. Varios de los presentes pudieron identificarle pues el busto presente en la fundación Penhew no dejaba lugar a dudas sobre quién estaba ante ellos. La figura observó durante largo rato al grupo allí presente y después, con un gesto de la mano, trajo hacia sí a uno de los investigadores, al que sostuvo del pelo. Y comenzó a hablar. El dios, pues se trataba del Faraón Negro en persona, estaba muy enojado con el grupo de investigadores por haber interferido en sus planes, insectos en un mundo de insectos, y al parecer el hecho de que hubieran conseguido el cinturón de Nitocris había sido decisivo para frustrar lo que tenía pensado hacer. Para asustar a los investigadores, mostró lo que había ocurrido con la expedición Carlyle, la masacre de los hombres que les acompañaban y los seres de pesadilla que llevaron a cabo sus planes, centrándose especialmente en los extranjeros como presa. La visión de aquellas pesadillas habían enloquecer a dos investigadores temporalmente, pero esta última visión hizo que un tercero perdiera completamente la razón y quedara inane, una víctima más del ansia de poder del dios exterior. Tras abrir un portal que llevaba al Egipto antiguo, que nadie cruzó, el Faraón Negro acabó con el investigador en su poder, tomó al siguiente e hizo lo propio y drenó completamente de energías a un tercero hasta la muerte. Tan solo quedó el desgraciado egiptólogo holandés, al que el dios dejó con vida para que transmitiera sus deseos: el cinturón de Nitocris debía ser entregado a Omar Shakti al día siguiente o todos morirían. Último aviso.

Y, con estas terribles perspectivas en mente y la aniquilación de cuatro miembros del equipo de forma permanente, terminó esta terrorífica sesión que dejó en manos de los restantes investigadores una terrible decisión y muchos planes que llevar a cabo si querían sobrevivir a lo que se avecinaba.

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