lunes, 5 de agosto de 2013

Club del Pentagrama: Las Máscaras (IX)

Nueva partida, nueva entrada. Ya había ganas de retomar la fascinante visita a El Cairo, que promete numerosas repercusiones y sorpresas a cada paso. Recordad, como digo siempre, que a continuación hay Spoilers, por lo que si alguien está jugando la partida, mejor que no siga leyendo para disfrutar más y mejor de esta clásica campaña.


El 61º día había terminado con la visita a Warren Besart, el tratante que vendió los objetos del Faraón Negro a la expedición Carlyle. Lo último que había dicho era que, antes de sufrir la experiencia que le llevó a su situación actual, una anciana egipcia le había advertido que se alejara de la zona de excavación. Esa mujer se llamaba Nyiti y su hijo, Umba, ambos habitantes de una pequeña población llamada El-Wasta.

Se abren por tanto dos direcciones diferentes de investigación a la mañana siguiente: la que lleva a los investigadores a hablar con la misteriosa anciana y la que les impele a descubrir cuál es el objeto oculto en la mezquita ibn-Tulun. Las investigaciones sobre el edificio no aportan ninguna luz, no aparece que hubiera nada especial construido en el solar en el que se levantó esta antigua mezquita y tampoco nada ni nadie relevante que hubiera donado un objeto de procedencia faraónica al lugar, por tanto era necesario acudir allí. La visita solo permitió conseguir una cita con uno de los ulemas del lugar, Ahmed Cehavi, en un par de días.

Mientras esto ocurría, otra parte del grupo marchó a visitar a la anciana. La mujer está tullida, al igual que su hijo. Al parecer algún ser o persona desconocida les atacó y el resultado no puede ser más terrible: brazos amputados y la mandíbula inferior destruida de la mujer y un brazo impedido y terribles cicatrices para el hijo. Pese a no poder hablar, la mujer entró en una especie de frenesí ante los investigadores e indicó por señas a su hijo que les mostrara una piedra de color blanco grabada. Por su tono rojizo, parece pertenecer a la pirámide roja. Ella permite que el grupo se la lleve y después cae desmayada. Todo lo que pueden sacar en claro de este trozo es que está incompleto y forma parte de un símbolo de protección. Lamentablemente falta completarlo y conocer la forma de activar su poder.

Visitar al conservador no arrojó más luz sobre la piedra aparte de lo ya conocido, entonces el grupo cayó en la cuenta de un asunto: hasta ahora no habían intentado indagar más sobre la expedición Clive, la descubridora de la momia de Nitocris. Una visita de parte del grupo, bastante desastrosa y chapucera, no hizo sino levantar sospechas en los miembros de la expedición que les recibieron puesto que tan solo pudieron excusarse diciendo que se habían desviado al dirigirse a visitar las Pirámides tras un último tramo hasta llegar a la entrada algo accidentado por las discusiones sobre si encaminarse hacia la entrada o no. Lo único que pudieron sacar en claro es que el lugar estaba protegido casi como un campamento militar, que los trabajadores parecían más taciturnos y enfrascados de lo que era habitual y que la persona responsable con la que hablaron, Martin Winfield, tenía un trasfondo sádico poco recomendable. Lo único que se les ocurrió fue regresar de noche e infiltrarse en el campamento. De esa guisa pudieron entrar a hurtadillas y colarse en la zona de excavación, lo que parecía una cámara funeraria. Allí no quedaba nada, tan solo el lugar donde antaño estaba el sepulcro. Lo que sí estaba era un cofre cerrado que contenía una serie de papiros enrollados. No queriendo arriesgar más de lo necesario, se contentaron con eso y salieron de allí antes de que alguien los descubriera.

Desgraciadamente, como los investigadores descubrieron al día siguiente, los papiros no pertenecían a esa época y no tenían relevancia alguna. Al menos salvó el día la visita al periódico, donde el director les contó más cosas sobre la expedición Clive. Sus componentes son: Agatha Broakman, una reputada medium; Henry Clive, el jefe; Martin Witfield, James Gardner Johan Sprech, arqueólogos. Anteriormente había otro arqueólogo más, llamado Jan Wilhelm Vanheubelen, que ahora reside en la calle de las polillas.

El resto del día pasó entre vigilar la mezquita, por si había incursiones, y hablar con el ulema. Este hombre ocultaba algún detalle que no hubo manera de hacerle contar, por lo que fue necesario sobornar a otro miembro de la mezquita para que soltara la lengua (y no fue barato), aunque al menos la información compensó el dinero. El individuo reveló que había un objeto egipcio que se guardaba celosamente en un almacén subterráneo cuya entrada estaba bajo el despacho del que acababan ellos de salir y estaba constantemente guardado por los seis ulemas más devotos. También contó que había habido varios intentos por conseguir el objeto pero de los que entraron allí nadie volvió a saber nada.

Por último, visitaron a Vanheubelen en la calle de las polillas. El hombre es un alcohólico empedernido y le costó reconocer que fue por ese motivo por el que le echaron. Como interés, posee unos pergaminos interesantes sobre el culto de Bastet. El grupo se llevó una copia de la traducción hasta la fecha y ahora parece que los gatos se están fijando en ellos y persiguiéndoles cada vez en mayor número.

Esa misma noche ocurrió un nuevo incidente. Los que vigilaban la mezquita, en la que pensaban infiltrarse al día siguiente para echar una droga en la comida de los guardianes del objeto y entrar para apoderarse de él, notaron un extraño temblor de tierra. En el patio de las abluciones, la fuente estalló en pedazos y un ser abominable surgió de las profundidades, un ser legamoso con apéndices como tentáculos en uno de sus extremos. Este ser se dirigió hacia donde se suponía que estaba la entrada al subterráneo y los personajes le siguieron, dejándole hacer para aprovechar la confusión y tomar el objeto allí oculto. Sin embargo el resultado fue bastante agridulce. Al eliminar a los guardianes, cosa que ocurrió en cuestión de segundos, y recoger los investigadores el cofre con lo que estaban buscando, el ser se dirigió hacia ellos intentando aplastarlos. Dos de ellos cayeron, uno por no poder esquivar y el otro por estar paralizado por el terror, con lo que solo dos de cuatro pudieron salir de allí... con el cofre. Llegados al hotel, lo abrieron, dejando a la vista un cinturón metálico de redecillas entretejidas y una piedra como broche que parece cambiar de color y de forma hipnóticamente si se observa durante mucho tiempo. El objeto parece hecho para una mujer...

También concluyeron que el robo de la momia debía haberlo hecho alguien de allí, posiblemente la facción egipcia de la secta y la inglesa no tienen buenas relaciones y los egipcios robaron la momia a los ingleses, hasta la fecha es lo único que se puede deducir.

Y con esto, manteniendo muchos interrogantes, se dio fin a esta sesión de juego hasta una próxima ocasión...

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